Registro 10 - La transmisión del asombro.
Hay películas infantiles que sobreviven porque son entretenidas.
Y hay otras que sobreviven porque entienden algo profundo acerca de crecer.
The Land Before Time pertenece al segundo grupo.
Pocas películas de animación han envejecido de manera tan bella como la primera aventura de Piecito y sus amigos en busca del valle encantado.
La primera vez que la vi fue en una clase de inglés.
Teníamos que traducir algunos de los diálogos.
Han pasado más de treinta años de eso y todavía puedo reconstruir el salón mentalmente. Así de buena era la película. O así de importante termina siendo la infancia cuando uno crece.
Detrás del proyecto estaba Don Bluth, un animador profundamente influenciado por la era dorada de la animación americana que decidió competir contra el gigante del ratón sin pertenecer nunca a él.
Y durante algunos años, acompañado por Steven Spielberg, lo consiguió.
La película sigue funcionando hoy por muchas razones.
La animación sigue siendo hermosa.
La música continúa golpeando exactamente donde tiene que hacerlo.
Y sorprendentemente, muchas de las bases paleontológicas utilizadas para diseñar a los dinosaurios continúan siendo bastante sólidas décadas después.
Los nerdos amamos a los dinosaurios desde antes de Jurassic Park.
Piecito ya nos había preparado el terreno.
Y quizá por eso la película sigue teniendo algo especial.
Porque además de dinosaurios entendía cosas importantes sobre la vida.
El duelo.
La migración.
La comunidad.
La memoria de quienes estuvieron antes que nosotros.
Todo eso sin necesitar leones shakesperianos, anillos malditos o espadas láser.
Aunque honestamente también amo todas esas cosas.
Con los años he aprendido que parte de ser padre consiste en compartir pequeños fragmentos de nuestro asombro con nuestros hijos.
Películas.
Canciones.
Libros.
Comida.
Ideas.
Intentar entregarles algo que sobreviva cuando nosotros no estemos cerca para explicarlo.
Y no hablo solamente de nostalgia.
Hablo de curiosidad.
Porque la curiosidad termina siendo una forma de esperanza.
La capacidad de observar un fósil, una estrella, un insecto o una película animada y preguntarse:
“¿Cómo funciona esto?”
No hay mejor momento que ahora para enseñarles a nuestros hijos pensamiento científico.
No para convertirlos necesariamente en paleontólogos o astronautas, sino porque aprender a preguntarse cosas probablemente sea una de las habilidades más importantes para sobrevivir el mundo moderno.
Y además porque los dinosaurios siguen siendo una excelente puerta de entrada para la maravilla.
Un clásico es un clásico.
Y algunas historias, como los grandes árboles del valle encantado, continúan dando sombra muchos años después.
Gracias por leer.
Dr. R.