Registo 9 - Después de los creditos.

Share
Registo 9 - Después de los creditos.
Aprendimos a amar las historias. Nadie nos enseñó a vivir después de ellas.

En mi vida, haber visto Forrest Gump en el cine ha sido una experiencia sin parangón.

Los recuerdos son borrosos, pero con un alto grado de certeza puedo decir que la vi en el cine Futurama, en la calle Saltillo con Blvd. Herón Ramírez, en Reynosa, en 1994, acompañado de mi familia.

Robert Zemeckis logró una adaptación tremenda de una novela moderadamente exitosa de los 80: la historia de un hombre con una vida llena de aventuras, desventuras, amor y guerra.

Una vida aparentemente común… sostenida por la honestidad, la resistencia y una forma muy particular de entender el mundo.

El giro —si es que así puede llamarse— es que Forrest tiene una discapacidad intelectual.

Un coeficiente intelectual de 75, medido con las herramientas de su época.

Pero conforme avanza la película, uno descubre algo más interesante:

Forrest funciona. Y funciona bien.

Ama, trabaja, resiste, se adapta.

Es un observador ingenuo del mundo… y aun así —o tal vez por eso— profundamente humano.

Tom Hanks ya era uno de mis actores favoritos por películas como Big o The Burbs.

Pero después de Forrest Gump, salí del cine cambiado.

Se volvió mi actor favorito del mundo. Al menos por un periodo de mi vida.


Vivir en un edificio de departamentos tiene sus encantos.

Pero cuando la despensa es amplia, se requieren múltiples viajes.

Es una de esas actividades dominicales que generan pequeñas fricciones familiares.

Ese domingo, en la tercera vuelta —cuando ya solo faltaban la leche y los garrafones— la energía familiar estaba agotándose al mismo ritmo que la paciencia de mi esposa. Rápidamente.

Les dije que yo bajaba por lo que restaba.

Mientras cerraba la puerta y pedía el elevador, escuché a mi esposa decir:

—Pónganme una película que me ponga de buen humor.

Sonreí.


Me tomé mi tiempo.

Era mi momento de respirar.

Pero también quería volver para ver qué habían elegido mis hijos.


Cuando regresé, lo supe casi de inmediato.

Nueva York.

Un jazz ligero.

Colores cálidos.

You’ve Got Mail.

La energía en el departamento había cambiado.

Mis hijos habían escogido bien.

Están bien entrenados.


En la película, Nora Ephron reúne nuevamente a Meg Ryan y a Tom Hanks en una comedia romántica que hoy podría parecer predecible… pero que en su momento fue moderna.

Dos lectores.

Dos libreros.

Dos personas que se conocen primero en palabras.

Una especie de infidelidad intelectual, escondida entre correos electrónicos en los albores del internet.

Placer en la lectura.

Soy fan.

Se conocen.

Se odian.

Se reconocen.

Y al final, ella espera —y desea— que él sea él.

Todo bien hasta ahí.


Pero ahora… después de años de matrimonio y paternidad… la película me pareció profundamente romántica de la peor manera posible.

Porque termina donde la vida apenas empieza…

justo después de los créditos.


Lo que yo quiero ver es la continuación.

“You’ve got a shitload of WhatsApps…”

Quiero ver a Joe y a Kathleen con hijos, con perros, con cansancio, con domingos de despensa, con silencios incómodos y cafés a medio terminar.

Quiero ver si el amor sobrevive cuando deja de ser historia… y se vuelve rutina.


Cuando terminó la película, los niños estaban dormidos.

Las perras también.

Mi esposa estaba feliz.

Y yo…

yo soy como la pluma flotando al inicio de Forrest Gump.

Dr. R.