Registro 7 - Incluso con estos zapatos

Registro 7 - Incluso con estos zapatos
No todo lo que combina… sostiene. Y no todo lo que sostiene... combina.

A la gente que lee le gusta platicar con otra gente que lee.

Encontrar a una persona a la que le gustan los mismos libros que a ti, los mismos temas, los mismos autores, y que cuando tienes la oportunidad de comentar la lectura el consenso es amable… es un toque de buena suerte.

Encontrar a una persona con la que puedes compartir la pasión por la lectura, pero que lee otros temas, otros autores, otros libros… y que cuando tienen la oportunidad de comentar lo leído encuentran opiniones contrarias y la relación permanece saludable… es un tipo de milagro.

En una plática reciente de actualización de lecturas, le contaba a una amiga que estoy leyendo la última novela de Bret Easton Ellis.

Uno de mis autores predilectos. Una de mis amigas más cercanas. Ella nunca había escuchado de él. Vi una oportunidad.

—Creo que te gustaría mucho —le escribí—. Es buenísimo describiendo atuendos y estados emocionales… pero es genial describiendo zapatos.

Con ella, la recomendación nunca es en vano.

Y aunque el tema de la novela, el estilo del autor o el comentario social no le interesen tanto, su sensibilidad por la estética del calzado femenino será un punto de entrada al mundo sórdido de Bret Easton Ellis.

Se va a volver fan. Lo sé.

Mientras hacía un nudo con las cintas de mis botas, por el rabillo del ojo noté que Karla me observaba.

Piensa que me abrocho las agujetas como un niño.

Tiene razón.

—Nunca pensé que terminaría con un hombre que usa los zapatos que tú usas —me dijo.

Las cosas lindas que me dice mi esposa siempre suenan extrañas en una primera escucha, pero suelen tener un significado profundo.

Tratando de seguir los consejos de los Gottman, vi el comentario como un acercamiento.

—¿A qué te refieres? —le dije.

Aunque yo sabía perfectamente bien a qué se refería.

A mis botas de trabajo Cat.

Las de esta generación son color café.

Fuera de una situación laboral industrial, por el diseño y el color, son prácticamente incombinables con el resto de mis atuendos, que suelen ser jeans y playeras negras.

Debe de ser complicado ser mi esposa.

Lo sé.

La idea del comentario me infectó como un parásito.

Indagando en mi memoria, llegué al primer recuerdo consciente de una crítica a mis zapatos.

Estábamos un grupo mixto de humanos en la cochera de mi amiga Diana Castillo Palacios.

Sentados en círculo, iniciando cualquier tipo de conversación. Era el inicio de una época en la que la actividad social consistía en que los progenitores nos llevaran a casa de algún amigo a pasar las tardes del fin de semana. Estábamos en segundo de secundaria.

—¿Vienes de la cacería o qué, compadre? —me dijo mi eterno amigo Gustavo García Ayala.

Se refería a mis botas —de un estilo muy similar a las de trabajo, pero no tanto—, unas Timberland que en esa primera generación también eran café.

Él usaba unos Scottie Pippen de Nike que parecían de astronauta.

Horrendos.

A mí me encantaban, así que debían de ser horrendos.

Y por eso el comentario no me ofendió.

Nos reímos.

Y hasta el día de mi muerte lo consideraré una de mis amistades más cercanas y valiosas.

Mi madre no me dejaba caminar descalzo.

Como todo, debió de haber sido por una mezcla de conceptos y prácticas comunes de la época.

Mi papá dice que tenía más que ver con una cuestión de intolerancia a la suciedad.

No la encuentro disponible por el momento para preguntarle por qué tomó esa decisión, pero indagando en mi manera de sentir el mundo, creo que la sensibilidad de mis pies no es porque mi mamá no me dejara andar descalzo, como sugieren mi papá y mi esposa.

Tal vez ella sabía que mis pies son sensibles.

En mis días de ansiedad catastrófica galopante, las necesito.

Me dan confort y seguridad.

El peso me aterriza.

Y si la tormenta me sorprende, sé que mis pies tienen altas posibilidades de estar secos y calientes.

En las multitudes me protegen de pisadas.

Y si tengo que estar de pie eternamente, me sostienen.

Nada más un tipo de calzado cubre esas especificaciones.

O al menos eso pensaba.

Hace unas navidades, Karla me regaló un par de botas de hiking impermeables, casi herméticas. Difíciles de domar, pero una vez logrado el objetivo, comodísimas.

Negras.

Incombinables con mi atuendo diario.

Útiles para todo.

Debe de ser complicado ser mi esposa.

Pero lo sencillo no es lo suyo.

Tal vez por eso me ama.

Porque no termina de entender mis elecciones… pero las respeta.

Y en un mundo donde todos queremos coincidir, ella eligió quedarse.

Incluso con estos zapatos.

Dr. R