Registro 5 - Frecuencia 1
Beats para atravesar la noche.
Hay canciones que envejecen mal.
O quizá no envejecen mal… envejece el contexto.
Hace poco volví a pensar en Smack My Bitch Up de The Prodigy.
El título, visto desde la sensibilidad cultural actual, incomoda. Provoca fricción inmediata. Y quizá es correcto que así sea. Las sociedades cambian, y con ellas la manera en que interpretamos el arte.
Pero también se me ocurre otra idea, una que aparece con frecuencia cuando uno se dedica a diseccionar las cosas con calma: la posibilidad de separar la obra del autor, o al menos de su contexto inmediato.
Las canciones, una vez que salen al mundo, empiezan a vivir vidas que el artista nunca controlará.
En mi caso, esa canción vive en un lugar mucho más simple.
Está en una playlist para hacer ejercicio.
Y cuando empieza el beat, lo único que importa es que el cuerpo se mueva.
Me gusta la musica electronica de los noventa con toda su maquinaria rítmica.
El bajo distorsionado, los breakbeats, esa energía casi industrial que empuja hacia adelante.
Si me descuido, en esa lista de reproducción emocional de manera cuasi inmediata aparece a continuación Block Rockin' Beats de The Chemical Brothers, y el entrenamiento ya no es una actividad: es un ritmo.
Pero el ritmo tiene una curiosa tendencia a transformarse.
Cuando el cuerpo se cansa, la música cambia.
El beat deja de empujar… y empieza a sostener.

Para ese momento me gusta Star Guitar, también de los hermanos químicos.
Es una canción curiosa. Parece repetirse infinitamente, pero si uno presta atención descubre que todo se mueve lentamente: filtros, texturas, pequeños cambios. Como si el mundo entero respirara al compás de un tren que atraviesa el paisaje.
Y es inevitable imaginarlo.
Un vagón silencioso.
La ventana abierta a un campo interminable.
Los postes eléctricos pasando como metrónomos.
En algún momento de ese viaje imaginario el paisaje cambia.
La noche cae.
Y con la noche llegan las ciudades.
Siempre he tenido debilidad por las ciudades de madrugada. En particular por Ciudad de México, que tiene la rara cualidad de sentirse infinita cuando el tráfico se calma y las avenidas se vuelven ríos de luz.
Con esa escena en mi mente siempre suena Nightcall de Kavinsky.
La música llena el aire frío, el coche avanza, las luces se reflejan en el pavimento.
La ciudad no duerme; simplemente cambia de ritmo.
Y entonces ocurre algo inevitable.

Aparece Jerry.
Si Jerry Garcia entra en la conversación, uno baja la velocidad.
Althea suena como un amigo que habla desde el asiento del copiloto mientras la carretera pasa.
No da instrucciones. No emite juicios.
No intenta explicar la vida.
Solo observa y te recuerda que has llegado a ese momento donde uno deja de culpar al entorno…
y empieza a mirarse sin filtro.
Althea, es la conversación incómoda pero necesaria entre quien eres… y quien sabes que podrías ser.
Quizá por eso algunas canciones envejecen con nosotros.
Otras, en cambio, esperan.
Ripple de los Grateful Dead es una de esas canciones.
No vive en playlists cotidianas.
Se queda guardada para momentos en que la vida decide recordarnos que el camino no siempre es sencillo.
Y cuando llega ese momento, aparece una frase que parece escrita para todos los viajeros del mundo:
The path is for your steps alone.
Nadie puede caminar por nosotros bajo la tormenta.
Pero a veces encontramos refugio.
Para esos momentos siempre tengo a la mano Shelter from the Storm de Bob Dylan.
Dylan nunca promete que la tormenta terminará.
Solo abre una puerta, enciende una luz, y deja que uno se siente un rato mientras pasa el viento.
Y así, casi sin darse cuenta, la noche empieza a aclarar.
El amanecer llega lentamente.
Primero el negro del cielo se vuelve azul profundo.
Luego aparece una línea de luz en el horizonte.
En ese momento las palabras sobran.

Por eso The Great Gig in the Sky de Pink Floyd es una herramienta. Un dispositivo. Un salvador.
Una voz que no dice nada… y lo dice todo.
El sol finalmente aparece.
La ciudad despierta.
Y entonces uno recuerda algo importante.
La contemplación es hermosa.
La música es necesaria.
Pero el día está comenzando.
Así que antes de apagar la playlist, subo el volumen una última vez.
Y dejo que suene The Pretender de Foo Fighters.
Porque después de atravesar la noche —con sus beats, sus recuerdos, sus refugios y sus amaneceres— siempre llega el mismo momento inevitable.
El momento de volver a vivir el día.
Y quizá de eso se trata todo esto.
No de si una canción envejeció bien o mal,
sino de entender que nosotros tampoco somos los mismos cuando volvemos a escucharla.
La cultura cambia.
Nosotros cambiamos con ella.
Pero el beat…
el beat siempre encuentra la forma de seguir.
Dr. R.