Registro 3 - Campamento

Registro 3 - Campamento

¿Realmente importará algo de lo que hacemos por nuestros hijos?

Y no me refiero a darles de comer o a amarlos más que a nosotros mismos.
Me refiero a todas esas actividades extraescolares que te drenan energía, te llevan al límite de tu paciencia y —por qué no decirlo— te cuestan dinero y tiempo.

Y tiempo, como sabemos, también es dinero.

Está cabrón ser padre en estos tiempos modernos.

Antes bastaba con que tu mamá te dijera cómo hacer las cosas. Ahora existe toda una red social que, sin rostro ni ojos, juzga cada decisión que tomas como figura paterna.

Hoy casi todo se comparte.
Desde la concepción del embarazo hasta fiestas para revelar si el bebé es niño o niña, celebraciones para demostrar que la creatura sigue viva, bautizos, primeras comuniones y cualquier actividad imaginable.

Todo se publica.
Todo se compara.

Y no me quejo de ver fotos de los hijos de mis amigos.
Al contrario. Muchas veces es la única manera que tengo de verlos crecer.

De lo que me quejo es de que casi nunca somos honestos.

Principalmente con nosotros mismos.

El fin de semana tuvimos campamento padre e hijo.

Un regalo del Día del Padre que parece diseñado bajo la premisa de que todos los papás de la escuela de mi hijo son masoquistas de larga trayectoria.

Como sabía que no sé nada de campamentos, me preparé con anticipación.

Leí lo mínimo indispensable para sobrevivir una noche en el campo (aunque en realidad dormimos en una cancha de fútbol), investigué tiendas de campaña, busqué recetas para cenas frías con niños y llevé medicamentos suficientes como para sobrevivir una mordida de tiburón.

Con orgullo puedo decir que mi campamento se arma en quince minutos y se desarma en veinte.

La única opinión de mi querido hijo acerca de todo mi esfuerzo fue:

—Papá… ¿por qué no compraste una casa más grande?

Ah.

Y que la mostaza Dijón sabe guácala.

Julián durmió feliz jugando con su linterna mientras su papá intentaba conciliar el sueño sobre una espalda completamente destruida e ignorar a los niños que a la una de la mañana corrían entre las tiendas tocando las paredes y riéndose.

Yo era adolescente cuando salió La Bruja de Blair.

No es tan fácil ignorar miedos que tienen más de veinte años de edad.

Aprendí dos cosas.

Que si me lo propongo puedo sobrevivir a este tipo de actividades.

Y que, en realidad, ni mi hijo ni yo queremos actividades de este tipo.

Somos más del equipo de comer, tirar hueva y leer un libro de dinosaurios.

Entonces vuelve la pregunta.

¿Realmente importa todo lo que hacemos por nuestros hijos?

Algunos estudios dicen que no tanto.

Que lo que importa es algo mucho más simple.

Querer estar ahí.

A veces con entusiasmo.
A veces refunfuñando.
A veces gritando y pataleando por dentro.

Pero estar.

Estuvo interesante el experimento.

El próximo año me llevo a los dos.

May the odds be ever in our favor.

Dr. R.