Registro 1 - Un miércoles cualquiera

Registro 1 - Un miércoles cualquiera

Una modificación en el horario de las clases cocurriculares de Catalina y una mañana movida en el trabajo nos brindaron la oportunidad de comer fuera de casa entre semana y salirnos, discretamente, de la rutina.

Les pedí a mis hijos que escogieran el lugar.

Carnes en su jugo de Mely de la Torre.

Uno de nuestros sitios habituales: cerca de casa, estacionamiento siempre disponible, mobiliario minimalista, atención amable y eficiente. Un lugar con comida de calidad y excelente sazón.

Pedimos alimentos y bebidas y, cuando llegó el servicio de mesa —tres tipos de salsas, cebolla asada, cebolla cruda, cilantro, limones para partir, guacamole, nopales, frijoles refritos y un plato con abundantes tostadas— se hizo un breve silencio.

Los tres nos abalanzamos sobre los frijoles con la tostada ya en la mano.

Mientras masticábamos noté en sus rostros un gesto de curiosidad.

Sonaba un clásico a través de las bocinas del lugar.

All for Love, de Bryan Adams, Rod Stewart y Sting.

Rolón.

Aquí hay una oportunidad, pensé, e inmediatamente me solté en uno de esos monólogos nostálgicos que quienes me conocen todavía tienen la delicadeza de escuchar con atención.

Yo tenía la edad que hoy tiene Julián cuando, en un evento organizado por mi escuela primaria, nos llevaron al Cine Rex de Reynosa, Tamaulipas, a ver Los tres mosqueteros, versión Disney, en la cual uno de los chicos más malos de Hollywood interpretaba a Aramis.

Siempre he sido fan de Charlie Sheen.

All for Love era el tema de la película y ha sobrevivido al paso del tiempo de una manera mucho más agraciada que la propia película.

Algunos de los recuerdos más importantes del inicio de mi adolescencia ocurrieron en el Cine Rex.

Siempre me ha parecido uno de los lugares más increíbles del mundo.

Probablemente lo inauguraron en 1962 o 1963. Era un bodegón enorme en una de las esquinas de la Plaza Hidalgo, a un lado de la parroquia de Guadalupe y frente al palacio municipal. Cuando yo lo visitaba, a principios de los noventa, tenía una pantalla gigantesca, uno de los primeros sistemas digitales de sonido envolvente, dos pisos, butacas bajas con descansabrazos de madera, una dulcería con lo esencial y un olor permanente a aceite caliente de palomitas.

Un gran lugar.

Otra de las primeras películas que recuerdo haber visto ahí fue Teenage Mutant Ninja Turtles II: The Secret of the Ooze. También fue una función organizada por la escuela. Me senté en el segundo piso con algunos amigos y lo recuerdo porque dos cosas importantes sucedían en esa segunda película de las Tortugas.

La primera: aparecían Bebop y Rocksteady.

La segunda: había una secuencia de pelea durante un concierto de Vanilla Ice.

Go ninja, go ninja, go.

Rolón.

Indagando en mi memoria me doy cuenta de que debí haber asistido a ese cine de manera casi exclusiva durante unos diez años.

Hacia 1994 o 1995 ya nos dejaban ir solos. Alguno de los papás pasaba por nosotros a las casas y nos dejaba en la plaza con una hora de regreso.

Una libertad magnífica para esa edad.

Así nos metimos a ver una de Van Damme que era para “adultos”: Timecop. Buenísima.

Ahí vimos a Sharon Stone y a Sly en El especialista. James Woods es un villano extraordinario.

Ahí vi Drácula de Bram Stoker, dirigida por Francis Ford Coppola, con un Keanu Reeves hermosamente joven. También Frankenstein de Branagh —mi favorita personal— y Corazón Valiente de Mel Gibson, una de mis películas favoritas de todos los tiempos.

El tiempo pasó y en la ciudad abrió un Cinemark.

El Cine Rex evolucionó a un múltiplex, pero no pudo competir con la novedad ni con la cadena.

La última película que recuerdo haber visto en el bodegón original fue Gladiador, de Ridley Scott.

La sala estaba llena.

Cuando terminó la película, una señora sentada enfrente de mí se puso de pie y empezó a aplaudir.

Yo sabía exactamente cómo se sentía.

Pero me pude contener.

No existe en el cine moderno una secuencia tan bella como el final de Gladiador.

La mano rozando la hierba.
La música de Hans Zimmer.
El objetivo del general cumplido en el más allá.

Regresar a casa.

A su esposa.
A su hijo.
A sus caballos.
A su tierra.

Máximus es uno de mis personajes favoritos y esa película todavía me hace pensar que los vínculos del amor verdadero pueden ser multidimensionales.

Pero aún no es el momento.

Aún no, amigo.

Peliculón.

A mis hijos les sorprende que yo profese un amor tan grande por el cine y que me niegue a ver películas de mascotas.

Principalmente si son de perros.

Max.

Así se llamaba mi primer perro.

Era un labrador negro, de origen potosino y carácter complicado.

Un sábado por la mañana, siendo todavía un cachorro curioso, burló al equipo de albañilería que trabajaba en la primera gran remodelación de la casa de mis papás y salió a la calle.

Lo encontré sobre el bulevar Herón Ramírez, a dos cuadras de mi casa, frente a la Farmacia Regis.

Muerto.

Regresé a casa cargando a mi perro chorreando sangre por la boca, la lengua de fuera y sin tono muscular. Llorando feamente.

En mi mente, por entonces, todo era claro.

Yo estaba en Monterrey, lejos de mi familia, con la intención de continuar mi educación y convertirme algún día en un prominente cirujano de tórax. Casado con mi novia de la secundaria. Con Max a mi lado para siempre.

Ni la novia ni el perro sobrevivieron al primer año de la preparatoria.

Cambié la cirugía por la pediatría.

Y la prominencia por la tranquilidad mental.

Cuando terminé de contar la historia levanté la vista.

Las tostadas se habían acabado.
Las salsas habían cambiado de lugar sobre la mesa.
Los vasos de agua estaban casi vacíos.

Catalina me miraba con una mezcla de curiosidad y paciencia, como si intuyera que su padre estaba viajando por lugares que ella todavía no conoce.

Julián exprimía un limón sobre su plato con una concentración casi científica.

La canción ya había terminado.

Pensé entonces en lo extraño que es el tiempo.

Uno cree que vive una vida larga y continua, pero en realidad todo ocurre en una serie de escenas muy breves.

Un cine que desaparece.
Una canción que vuelve.
Un perro que corre demasiado lejos.
Una versión de uno mismo que deja de existir.

Pedimos otra orden de frijoles.

Mis hijos siguieron comiendo con la tranquilidad de quienes todavía no saben que los recuerdos se están formando en ese mismo instante.

Yo sí lo sé.

Sé que algún día ellos recordarán mesas como esta.

Tal vez no recuerden la música.
Tal vez no recuerden el restaurante.
Tal vez no recuerden los frijoles.

Pero tal vez recuerden que estábamos juntos.

Y eso será suficiente.

No soy lo suficientemente inteligente para entender cómo funciona el tiempo.

Pero mientras lo averiguo, quiero hacer algo mucho más sencillo.

Quiero estar presente.

En la vida de mi esposa.
En la vida de mis hijos.
En estas mesas ordinarias donde, sin darnos cuenta, se fabrican los recuerdos.

Quiero estar aquí.

Hasta que llegue el día en que mis manos también rocen la hierba.

Dr. R.